domingo, 26 de abril de 2026

"El runrún de Arzúa: Una presentación literaria que invita a detenerse"

 

Una crónica íntima de la presentación de Ana Varela en Arzúa y una reflexión sobre la lectura en tiempos de listas y prisas.

Por Miguel a. Mateos Carreira. 

 

 

La tarde ya se había convertido prácticamente en noche y Arzúa tenía ese frío que obliga a caminar con las manos en los bolsillos, el sombrero hasta las orejas y la bufanda cubriendo no solo el cuello, sino parte de la cara. La Capela da Madanela esperaba. Dentro tendría lugar la presentación de Runrún, la nueva obra de la escritora Ana Varela.

El espacio se fue llenando de gente. El ambiente no tenía nada que ver con el exterior: allí dentro se respiraba un hogar cálido, atento, casi íntimo. Como si todos hubiésemos llegado buscando un refugio, no solo del clima, sino de ese ruido mental que cada uno arrastra sin admitirlo. O del runrún que produce descubrir que no a todo el mundo lo tratan igual ante una misma acción.

La autora habló con esa calma que solo tienen quienes escriben desde un lugar honesto. No necesitó artificios: bastó su voz para que el murmullo inicial se apagara. Incluso el presentador, erudito y dialogante, quedó reducido a un elemento del decorado. La voz de la autora lo eclipsaba todo.

Runrún”, explicó, nace de esas pequeñas inquietudes que se instalan en la cabeza y no se van. Sonidos persistentes: los coches en la calle, la televisión de fondo, los vecinos subiendo y bajando escaleras. Ese pensamiento que vuelve, insiste, se repite. Ese que todos conocemos, aunque lo llamemos de otra manera. Ese que nos asalta como una sombra negra que, a la vez, nos asombra.

Mientras la escuchaba, recordé algo que comenté hace poco en el podcast: esa moda de publicar artículos del tipo “5 razones para no leer…” como si la literatura fuese un electrodoméstico defectuoso que conviene devolver. Como si un libro necesitase justificarse ante un algoritmo. Como si leer fuese un acto que debiera optimizarse. Pensé en Runrún. No parecía necesitar ninguna justificación.

Así que saqué una pequeña libreta —de esas que alguna vez te regala una compañía aérea—, cogí mi bolígrafo Inoxcrom y decidí hacer mi propia lista. No para no leer Runrún, sino para explicar por qué, a veces, cerrar un libro es la mejor forma de seguir leyéndolo.

1. Porque te remueve más de lo que esperabas. Y necesitas un momento para recolocar lo que acaba de moverse dentro.

2. Porque encuentras una frase que te nombra. Y te da miedo subrayarla demasiado fuerte, como si fuese a romperse.

3. Porque te reconoces en un personaje que no pensabas que fueras. Y ese espejo, aunque pequeño, siempre incomoda.

4. Porque te obliga a recordar algo que preferías tener dormido. Y el runrún despierta lo que creías olvidado.

5. Porque sabes que, cuando lo cierres, algo en ti habrá cambiado. Y necesitas prepararte para ese pequeño temblor.

Esos cinco puntos no significan que después no sigas leyendo, sino que necesitas pausar un momento para hacerlo mejor. Y eso no solo es sano: es necesario. Sobre todo en tiempos en los que se ha instalado en redes la cultura del “quién lee más”, una competición absurda que también está contaminando a algunos clubes de lectura.

Cuando terminó la presentación, me quedé unos instantes sentado. Guardé tres elementos en mi mente y en mis notas: hospitales, Anagnórise de M.ª Victoria Moreno y el silencio. Sobre todo el silencio. El silencio que hicimos nosotros y el que se escondía entre los sonidos que la autora decía que habitaban en el libro.

Las sillas se movieron. La gente se levantó. Un runrún de suelas rozando la piedra llenó la capilla. Algunos pedían un ejemplar para que la autora lo firmase (espero que también para leerlo).

Salí al frío de la noche. Sí. Pero el aire ya no era el mismo. Quizá porque un libro, cuando está bien presentado, deja un eco. Un runrún. Y ese eco, a diferencia de los artículos que te dicen que no leas, no busca cerrarte puertas, sino abrirte ventanas.